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Del Silencio que mata al Grito que aniquila

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CONSTELACIONES FAMILIARES DRA VERÓNICA MOLINA

Del Silencio que mata al Grito que aniquila

Hombres y mujeres tienen una larga historia en común. Historia transcurrida en comunidad,  en soledad, en la distancia, en una abrumadora intimidad, una historia transgeneracional y transcultural que con múltiples variaciones tiene un eje en común: el sostén de la vida humana: sin un hombre y una mujer no es posible la vida, aunque esta presencia se reduzca a su mínima expresión, dos células, un espermatozoide y un óvulo encuentro mediado por la sexualidad o un laboratorio.

Estamos viviendo tiempos de cambio, durante todo el siglo XX la mujer ha ido paulatinamente, y no sin obstáculos y  grandes luchas, lentamente, logrando salir del lugar de sometimiento oscurantista, y se fue encontrando con su fuerza y su dignidad. Ese derecho natural por el solo hecho de ser persona que durante siglos le fue negado, donde fue víctima de todo tipo de violencia y sometimiento, institucional, social, familiar, parental. Claro ejemplo de una de las secuelas más profundas y silentes del patriarcado: la anulación total de la sensibilidad, la vulnerabilidad, la necesidad, la femeneidad. El patriarcado como solución evolutiva parece haber sido en su momento una respuesta colectiva a la necesidad de protección, abastecimiento y cuidado de los más vulnerables de la prole, y de esta manera una fórmula exitosa a la necesidad de supervivencia tan velada por los sistemas biológicos. Sin embargo, esta misma fórmula de supervivencia basada en el uso de la fuerza y la supremacía del poder  por el más temido, fue una trampa, no solo para las mujeres, también para los hombres.

Está claro hoy en dia para todos el costo que esta selección natural tuvo para el género femenino y para los más débiles en general (no olvidemos la cruel violencia que se ha ejercido sobre los niños por siglos, una crianza despiadada y deshumanizada, donde el maltrato físico, las humillaciones, las separaciones tempranas de la familia, estaban totalmente legitimados incluso avanzado el siglo XX, en la familia y en las instituciones). De la misma manera, condiciones particulares de salud como enfermedades mentales, discapacidades físicas o mentales, malformaciones, no eran toleradas por el sistema, y así estas personas, eran excluidas de la sociedad y encerradas en reductos infrahumanos, o asesinados.  Y esto no fue ejecutado solo por hombres. En muchos casos las mujeres entregaban a sus bebes con sindrome de Down por ejemplo a instituciones que los “criaran”, o incluso desplazaban esta cruel responsabilidad a un hijo varón mayor, quien debía realizar el acto protegiendo así a su madre y a su padre.

Y los hombres también fueron víctimas de este sistema donde la supremacía de la fuerza y la territorialidad eran los ejes vectores de relación.  Así surgieron las guerras: por el deseo insaciable de poder y territorio, la ambición ilimitada llevó a conquistas despiadadas y la sed de venganza por lo que el enemigo dejó a su paso creó un circuito destructivo que jamás cesó… el motor del conflicto puede ser muy variado, desde temáticas absolutamente privadas como traiciones amorosas, pasando por conflictos de poder o económicos hasta litigios religiosos o engaños estratégicos. El tema de la disputa pareciera importante, pero no lo es, la historia muestra que más allá de las causas de los conflictos, lo que permanentemente se repite es el deseo ciego de destruir al otro o a todo lo que viene del otro, de ese otro que causó dolor o deshonra. Y esta expresión arrasadora de la violencia se desarrolla en una batalla medieval, como en la guerra fría, como en guerras informáticas de la actualidad, como así también, en el seno de una familia donde una pareja se vuelve enemiga y destruye a su paso todo lo que del otro viene, ciegamente, tan ciegamente que ya no ven a los hijos como el fruto sagrado del encuentro de amor que alguna vez los unió, sino como el doloroso recuerdo de lo que ya no existe y por dolor quieren hacer desaparecer. Así las guerras están presentes en la vida de todos los días. Así la violencia propia del patriarcado más enfermo está en toda la sociedad, sin importar género, clase social o nivel cultural. Cuando deseamos a otro lo peor nos volvemos lo mismo que criticamos y de lo que queremos por fin diferenciarnos.

Fue en estas milenarias guerras que nuestros varones se fueron enfermando de violencia y sus corazones perecieron en la inhumanidad de estos atroces escenarios donde nada tenía valor ni sentido. Y todo se entregaba por un fin tan ajeno, tan lejano, tan extraño…la patria…el honor… qué sentido tendrían estas palabras ante el terror de ver columnas de polvo y hombres embravecidos viniendo hacia sí…hombres y muchas veces niños, adolescentes apenas saliendo a la vida, que quizás nunca habían sentido aún el calor de un tierno abrazo, morían por un fin que no les significaba nada más que un imaginario impuesto por un marco social y familiar al que querían pertenecer al que querían honrar y así demostrar su amor. Demostrar su amor.

Entonces, si todos somos víctimas del patriarcado, hombres, mujeres y niños, el problema es el patriarcado? o es la violencia que a través del patriarcado se hizo monstruosa, deshumanizada, nos sacó del marco de la biología a la que inherentemente pertenecemos por mamíferos. Nos hizo crecer de manera desmesurada y deforme un aspecto inherente y valioso que es la sana agresividad, aquella que nos protege, que protege lo vulnerable, y lo volvió en contra de aquello que busca proteger. Esta violencia se parece mucho a un cáncer que se come el cuerpo de la humanidad, de la humanidad toda, porque no es de hombres contra mujeres, es de violentos de cualquier género contra cualquiera que esté a su paso, sea amigo o enemigo. Se parece al trastorno de estrés postraumático que sigue reviviendo el trauma aún con la persona más confiable del mundo y ciegamente ese ser se puede volver el peor enemigo…así la herida nunca cierra, así la herida crea más heridas y más consecuencias en las generaciones.

Y somos responsables de sumar a la herida o de sumar a la cura.

Cada uno de nosotros es responsable.

Cuando un hombre somete a una mujer a maltrato verbal es responsable, cuando una mujer deshonra al padre de sus hijos ante ellos  es responsable, cuando un hombre abandona a sus hijos emocional, física o económicamente es responsable, cuando una mujer miente a un hombre sobre su paternidad es responsable, cuando hombres o mujeres violentan a un niño emocional, física o psicológicamente, son responsables. Responsables de perpetuar el mal y no abogar por la cura, una cura que llevará mucho tiempo, tanto como nos tome hacernos responsables y poner lo mejor de nuestra conciencia al servicio de una sociedad más equitativa, más humana y más solidaria. Tanto tiempo como nos lleve cambiar el paradigma de la competencia, la rivalidad y la territorialidad por el de la cooperación, la compasión y el cuidado respetuoso y dignificante de lo propio y de aquella alteridad que por el solo hecho de existir nos represente una referencia confiable y ya no una amenaza.

El otro no es el enemigo. El otro es parte de una trama compleja que también nos da sentido, y es nuestra elección, si ese sentido se desarrollará en la compleja espiral del crecimiento o en el intrincado laberinto de los espejos acusatorios.

Hombres y Mujeres somos compañeros inseparables en el plan misterioso de la vida. No lo olvidemos, no lo neguemos, estemos abiertos a nuevas maneras de resolver lo pasado.

DRA VERÓNICA MOLINA